jueves, 5 de enero de 2012

MALACRIANZA


Qué bonito es viajar. Viajar físicamente, quiero decir. Moverse en tren, en coche, en avión...y aparecer en un lugar desconocido, donde todo funciona al revés. Hace unos pocos días, en un pueblito del Caribe costarricense, una anécdota muy simple me hizo reír de lo lindo y me confirmó, una vez más, que el viaje es el masaje mental más eficaz para olvidar dogmas y consignas arbitrarias dictadas por autoridades más que dudosas.

Mi hijo creía que necesitaba un corte de pelo, y en ese pueblito buscamos a un barbero. Lo encontramos, preguntando a los vecinos: "Vayan donde don Andrés". Don Andrés habitaba una chabolita destartalada; cuando llegamos no se encontraba en casa, pero rápidamente alguien le avisó de que unos "forasteros" le buscaban, y apareció como por arte de magia. El chico se sentó en el sillón de la barbería y don Andrés empezó la faena, lenta pero meticulosamente. Yo, la madre; dońa Engracia, la vecina; don Pablo, el vigilante de la escuela que alquilaba una estancia muy cerquita; don William, el chófer del vehículo turístico, y Chico, el chihuahua de la comunidad, observábamos los emolumentos de la tijera y, sin venir a cuento, de repente la conversación giró en torno al toreo en Costa Rica. Creo que surgió porque se mencionó que en el complejo turístico en el cual nos alojábamos había un rodeo, una placita para el espectáculo taurino. Don Andrés y don William comentaron entonces que, en Costa Rica, las "corridas" consisten en soltar a un toro al ruedo, que se las tendrá con una multitud de "toreros" aficionados que intentarán dominarlo, haciéndole las mil y una perrerías, pero no matándolo, porque está prohibido. En estos lances, pues, el torero no dispone de armas ni puede herir al animal; es más, lo que suele suceder es que el toro hiere, o mata, a uno o más toreros. Y cuantos más toreros mata, más considerado está el toro.

Don Andrés, con la ayuda inestimable de don William, de don Pablo y de dońa Engracia, recreó entonces la historia de "Malacrianza", el toro más famoso de Costa Rica, el que más toreros ha matado, y que gracias a sus gestas se ha ganado una buena jubilación y está, según el barbero, "muy bien pensionado". Su última gesta fue matar a un muchacho de 28 años, Jeison Gómez "El invisible", torero famoso y aguerrido que no conocía el miedo y que doblegaba a cualquier toro con su mirada feroz y un par de puños que volteaban los cuernos más retorcidos. Hasta que conoció a Su Majestad Malacrianza, de playa Garza (así le llaman), que en un visto y no visto, simplemente, lo mató. El lance, naturalmente, lo vio todo el país en televisión, porque estas corridas populares se retransmiten prácticamente a diario, antes de la hora de la cena, en varias cadenas. "Malacrianza" mató, pues, a Jeison (después de haber matado a algunos más), y se ganó su retiro de oro. Ahora sólo hace de semental, triscando los pastos montando a las hembras que ponen a su alcance los ganaderos ávidos de perpetuar la especie.

Don Andrés, doña Engracia, don Pablo...todos se reían recordando a Malacrianza...pero la que más se reía era yo, que en mis tropicales vacaciones navideñas, hacía pocas horas y vía iPad y tecnología punta, había leído en un titular que finalmente había entrado en vigor, en mi estimada patria, la prohibición total del festejo taurino en aras de la salvaguarda del buentrato animal (con la étnica salvedad, eso sí, de la arraigada práctica del "correbou", salvajada más que bien documentada...).

Pelado mi hijo a lo buen marine, reídas las gestas del bravo toro, lamentada la escasa recompensa del pobre Jeison ( 3 millones de colones, apenas suficientes para pagar su entierro...), me fui para mi retiro turístico meditando acerca de toda la cuestión.

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