viernes, 6 de junio de 2014

CON LA MÚSICA A OTRA PARTE




    Por una casualidad de la vida, he pasado a pertenecer a uno de esos grupos cerrados de Facebook, en los cuales se comparten experiencias referidas a un tema concreto. En éste se habla de música. La gente cuelga sus temas preferidos, y se comentan,  se critican o se alaban. En uno de mis primeros posts, se me ocurrió preguntarles a los demás cuáles habían sido sus primeros discos. El mío fue Hey Jude, de The Beatles. Tenía 8 años, y el disco llegó a mis manos, como regalo de Navidad, junto con un artefacto pequeño, rectangular, de color amarillo limón, que tenía una ranura en uno de los lados estrechos y un asa extraíble que te permitía trasladar el artilugio de un lado a otro. Era un comediscos. Un tocadiscos portátil. 

    En casa de mis tíos, donde yo vivía, había un tocadiscos en el salón. Estaba situado en el hueco que había debajo de la chimenea, que nunca se utilizaba en aquel piso de la calle Balmes porque, según mi tía, la leña ensuciaba y además con la calefacción no hacía falta encender ningún fuego. El tocadiscos, pues, ocupaba el hueco de la leña inexistente, posado sobre una bandeja. Era grande, con una tapa que se alzaba con reverencia cada vez que se quería oír algo de música. En casa sólo había dos tipos de discos: los de jazz, música que le gustaba a mi tío, y los de aquellos grupos más modernos que escuchaba mi primo de 22 años, estudiante hippy que acabó por marcharse a la India. Pero ni uno ni otro dedicaban mucho tiempo a escuchar música. En cambio yo, que me pasaba las tardes en casa en compañía de Encarna, que se refugiaba en el cuarto de la plancha escuchando a Elena Francis en el transistor, cada vez pasaba más y más tiempo poniendo ahora este disco, ahora este otro, alternando los singles con los long play, observando con detenimiento cómo se movía el brazo de la aguja y disfrutando de las melodías. Pero claro, era sólo una niña, y algún estropicio debí hacer. Recuerdo vagamente el disgusto de mi primo por haberle rayado un disco. Ahí debió decidir mi tía regalarme el comediscos. 

   Quedé fascinada. El comediscos se convirtió rápidamente en objeto de devoción. A Hey Jude se le unieron rápidamente dos o tres singles más. "In the summer time" de Mungo Jerry, “Sugar, sugar” de The Archies, “Cançó de matinada”, de Joan Manel Serrat. El trasto, literalmente, se comía los discos. Escogías uno, lo metías en la ranura casi hasta el final y, con una última presión, oías el “clac” y la música empezaba a sonar. Era completamente mágico. Yo situaba mis ojos a la altura de la ranura oscura, queriendo descubrir dónde estaba el brazo de la aguja, cómo funcionaba, cómo era posible que dentro de aquella caja bonita pudieran caber todos los elementos del tocadiscos del salón. El comediscos iba conmigo a todas partes, no me separaba de él. La gran novedad era que era portátil, no tenía cables, funcionaba con pilas. Al baño, a la cocina, a la terraza, a todas partes iba colgadito de su asa que mi mano agarraba con fuerza. Podía, en cualquier rincón, disfrutar de mi música. Lo que más me gustaba era meterlo en la cama conmigo, por la noche, poniendo el volumen muy bajito para que mi tía no viniera a arrancármelo de debajo de las sábanas. El comediscos amarillo limón casi pasó a formar parte de mi atuendo durante unos años, hasta que se estropeó y, con gran pesar, fue a parar al cubo de la basura.

   Ahora, 45 años después, estoy en este grupo musical de Facebook. Es un no parar, contínuamente aparecen nuevos temas en el muro, casi todos la mar de interesantes. Yo los escucho, sobretodo, en el móvil o en la tableta, pero la calidad del sonido no es muy buena, así que decidí comprar un altavoz que se conecta con los dispositivos vía bluetooth. Amplía enormemente el volumen y la música llega limpia y con matices. El altavoz en cuestión es un cilindro revestido de goma, de un palmo de altura más o menos, con un diseño muy aceptable y unas prestaciones aún mejores. Cuando fui a comprarlo a la tienda, el empleado, para demostrarme sus virtudes, además de hacerlo funcionar a todo volumen, lo mojó con agua (es impermeable) y lo tiró al suelo, donde rebotó y siguió sonando como si nada. Me lo llevé a casa, y estoy como niña con zapatos nuevos. Es la magia, de nuevo. Pulsas levemente la pantalla del móvil, o de la tableta, e inmediatamente suena la música más maravillosa en el altavoz, a toda pastilla y sin distorsión. Coges el tubito y te lo llevas al baño, a la cocina, al jardín. Voy arriba y abajo con el dichoso cilindrín. A veces lo dejo sobre la mesa y lo observo, como hacía con el comediscos. ¿Cómo es posible?, me pregunto. Su misterio no es mayor ni menor que el de mi cajita amarillo limón; para mí, es el mismo. Es el misterio de poderte marchar con la música a otra parte.

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