lunes, 3 de diciembre de 2012

JEFFREY



Me llamó la atención la historia del mendigo descalzo de Nueva York a quien un oficial de policía compró un par de botas. Reparé en ella por un post en Facebook de un amigo residente en la ciudad de los rascacielos, en que alertaba de que había visto al mendigo deambular, de nuevo descalzo, por las calles de la ciudad. Me picó la curiosidad e indagué en las fuentes de la noticia.
Jeffrey Hillman, de 54 años, llegó a Nueva York procedente de South Plainfield, New Jersey, hace diez años. Sin medios para ganarse la vida, acabó rápidamente viviendo en la calle. “Homeless”, les llaman. Sin techo. Sobreviven a base de la caridad de los demás y se refugian en portales y en las estaciones y los vagones del metro. Ser “homeless”, en cualquier parte del mundo, conlleva la indignidad, el desprecio y la violencia. Jeffrey deambula por las calles de Nueva York  pidiendo “some spare change”, monedas sueltas que cualquiera pueda rascar de su bolsillo, para procurarse algo de comida o de bebida.
El pasado 14 de Noviembre, un joven agente de la policía, Lawrence de Primo, de 25 años, se apiadó de Jeffrey y le compró un par de botas. Le costaron 100 dólares, y se las entregó a Jeffrey en Times Square, donde le encontró. Una turista de Arizona captó la imagen y la colgó en su muro de Facebook. De ahí, a la fama. De la turista, del agente de policía y de Jeffrey. El  Departamento de Policía de Nueva York ha condecorado al agente, y la imagen ha dado la vuelta al mundo. Pero a los pocos días, Jeffrey vuelve a andar descalzo. Dice que las botas son muy caras, y que le podrían costar la vida si alguien quisiera robárselas. No quiere morir con las botas puestas. Sólo se las calza cuando nadie le ve, escondido en algún rincón.
Tuve un amigo, en Nueva York, que era amigo de los “homeless”. Conocía a todos los de su barrio, se paraba a hablar con ellos cuando les encontraba por la calle, y les visitaba en el hospital cuando estaban ingresados, “porque si no lo hago yo, nadie lo hará”. Una noche, paseando, nos topamos con Fred. Fred vivía en una esquina de Tribeca, en su “casa”. Recogía de los contenedores cualquier objeto que pudiera formar parte de su hogar. Una lámpara sin bombilla, una mesa sin pata, un televisor sin pantalla, una nevera que no enfriaba, una alfombra comida por las ratas…y así iba amueblando aquella esquina sin futuro. La noche en que le vimos, y en  que nos detuvimos a hablar con él, nevaba ligeramente…Lo recuerdo como una imagen terriblemente poética.

Pero Jeffrey no es tonto. Sabe que él y sus botas han dado la vuelta al mundo, y quiere su parte del pastel. “Estoy en Youtube, estoy en todas las cadenas de televisión, nadie me ha pedido permiso, pero aquí hay dinero y yo quiero lo mio”. Ojalá le funcione. Ojalá logre montarse su negociete. Con un poco de suerte, puede convertirse en una especie de Bernhard Goetz, el “vengador del metro” que en 1984 disparó contra 4 individuos que le asaltaron en el subterráneo de Nueva York;  con los años, se presentó a las elecciones de la alcaldía de la ciudad y hoy se gana bien la vida con su empresa “Vigilante Electronics”.  Donde hay una cámara, hay una pela, y Jeffrey, aunque “homeless”, lo sabe. Buena suerte.

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